No es que nuestras vidas estén impregnadas de falsedad. Al contrario. Todo cuanto expresamos es cierto. No obstante mentimos. Mentimos callando. Callar puede ser también el mayor de los embustes. Fingimos placidez a pesar de que todo en nosotros sea inquietud. Y fingimos indiferencia, serenidad y calma, cuando por dentro nos rasgan los estallidos de la rebeldía.
A veces nos negamos a aceptar que el amor por esa persona no es eterno. Confundimos la eternidad con los fragmentos de los segundos cósmicos que constituyon nuestro paso por la tierra. Lo cierto, es que nunca vemos que puede ser simple atracción y que cualquier detalle puede disolverlo o convertirlo en odio.
A veces imponemos modos, maneras y protocolos que la otra persona desconoce, y quizá lo hacemos con el único objetivo de dejar claro que esa persona jamás podrá alcanzarlos. Cosas complejas y complicadas.
A veces, sacamos el afán de conquista. Nos gusta gustar. Ser el centro de todas las atenciones. Necesitamos que nos quieran.
A veces acorralamos a nuestros propios problemas entre tu cuerpo y el mío.
A veces, nos marchamos con la verdad dentro, y dejamos a la otra persona con sus verdades y mentiras, sin dar pie a un simple abrazo. Tenemos miedo.
A veces me siento más comprendida por los muertos que por los vivos, y cada vez estoy más convencida de que esa relación mía con los muertos es más estrecha y sincera.
Siempre he pensado que vivir es equivocarse. Todos los días caemos en una equivocación. Lo malo es que somos demasiado soberbios para aceptarlo. Por eso vamos acumulando torpezas y damos tanto valor a los flujos y reflujos que intercambiamos con la gente que nos rodea.
Cuantas veces me he preguntado cómo es posible que yo actuara de aquel modo, sin encontrar la respuesta adecuada.
A veces, me engaño a mi misma; quiero aceptarte tal como eras sin recordar cómo habías sido.
A veces, me pierdo en una habitación verde rodeada de gente a cientos de kilómetros, y me pregunto porqué así y no de otra manera.
Siempre he pensado que con el paso del tiempo lo querido se evapora y no deja ni tan siquiera unos miligramos de soluto para el recuerdo. Quiero llenar una estantería de solutos del recuerdo, un pedacito de él, otro pedacito de ellos, de ellas. Mantenerlos vivos en una disolución inmiscible para nunca poder eliminarlos de mi desordenada cabeza.