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Cuando me pongo a escribir, siento que hay miles de personajes esperando a ser escritos, mientras yo pierdo el tiempo entre tus sábanas y me llevo alguna que otra arruga sobre mi piel.


Personas imaginarias, personas deseosas de una vida que me tiran de la manga gritando:


- ¡Ahora yo! ¡Venga! ¡Ahora me toca a mí!.


Tengo que elegir, a veces no es fácil. Todo depende del pie con el que pisé el suelo al despertar, u otras veces incluso depende de donde esté, de mis sueños, de mis inquietudes.

Y sí, lo confieso, no me gusta elegir. Lo detesto.


Siento como una vez que he elegido, el resto se calla, me observan durante minutos, horas, días, meses e incluso años, esperando que por fin llegue al final de esa historia, para de nuevo probar suerte y creer que serán elegidos.


Ilusos.
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La suavidad de tu piel es mera lija del tres que agrieta mis recuerdos.


En mi imaginación, a veces, me tiendo sobre un costado, cojo la hoja de un helecho y me la paso por los labios.

Disfruto viendo el cambio de tu mirada.


Después paso la hoja por tus mejillas, sé que te hace cosquillas, así que lo hago de nuevo. Sonríes. La paso por tu cuello. El escote de tu vestido me grita y atrae como un agujero negro. Tiemblas.


Cuando la hoja llega y desciende por tu cintura, abres los ojos y me pides que no pare.

Levanto entonces el borde del vestido y jugueteo con la hoja en tus tobillos. Desde tu tobillo fino y delicado el verde clorofílico se abre paso hasta tu contundente rodilla, se precipita a la frontera de tus muslos y un murmullo excitante escapa entres tus labios...

...Cambio la hoja por mis dedos...


No aparté mi mirada afilada de tu rostro placentero...Te desee...


...Me desperté...

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Cuando dejemos de enamorarnos como perras, nos aburriremos como ostras.