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No era verano, pero tampoco otoño.

Empezaba a hacer frío, las chaquetas salían del armario, los pelos de sus poros y con ellos todo cambiaba.

Una noche fría, una chaqueta se sinceró conmigo. Me echaba de menos, mi olor, el roce de mi pelo, el tacto de mis manos... Decía que nadie subía la cremallera como yo, que nadie se preocupaba por ponerle el gorro bien y sobre todo, que nadie le daba el calor que yo le di.

Me separé de ella, al fin y al cabo, nunca había sido mía, como yo no había sido suya en todo ese tiempo.

Pasaron los meses, y de casualidad, una tarde entre verano y otoño, el frío creyó que era el momento idóneo para recordar, para vivir, para sentir. La encontré en un armario y sus letras blancas me atraparon, su color azul oscuro casi negro me intimidó y su cuello rojo terminó por llevarme a aquel momento, a aquel lugar, a aquella historia.

Volvieron a pasar los meses y un día me llamó y me dijo: Ven a buscarme, estoy en otra persona y no me termino de adaptar, será porque me hago vieja, pero tengo demasiadas arrugas aquí.

Sin más...colgué y volví al presente, dejando atrás todo lo que ella suponía.
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Me encantaría volver a aquel lugar, sentarme en este mismo banco y volver a aquella conversación.

Aquel atardecer, en el que el cuerpo me temblaba por miedo a tu rechazo.


Aquel banco de madera, cuyas tablas me presionaban y abrazaban para resguardarme del temporal de aquel Octubre.


El puerto de Barcelona me ofrecía tranquilidad momentánea,y tu estado inquieto, de pie, frente a mí, no ayudaba a mis sentidos a disfrutar del momento.


Éramos tú y yo, aquel banco, el puerto, el "Maremagnum" y mis nervios.


Me entendiste, te entendí y desde entonces...aquel lugar viene a mi con un gran recuerdo.


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A veces me hablan.
Miro.
Pienso.
Callo.